Tres lecciones para promover el ahorro en las áreas rurales del Perú, según el BID

08:57 3 Marzo, 2016

Hace unos años, el Fondo Multilateral de Inversiones (FOMIN) y Financiera Confianza iniciaron en el Perú el proyecto Ahorro para Todos, el cual buscaba promover la inclusión financiera basada en el ahorro y a través de la educación financiera como punto de partida.

Así, se esperaba promover el ahorro entre unas 6,000 mujeres del área rural en los departamentos de Cusco y Abancay, la mayoría de ellas beneficiarias de un programa de transferencias condicionadas del Estado (Juntos o Pensión 65).

“Las primeras acciones llevadas a cabo sobre educación financiera seguían el patrón conocido hasta entonces: un programa de capacitación tradicional, organizada como una ‘clase’, papelógrafos, esquemas y conceptos transmitidos bajo el sistema tradicional de ‘alumno y profesor’”, explica Carmen Mosquera, especialista del Sector Privado en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

Sin embargo, el programa de educación financiera no estaba generando un impacto en la promoción del ahorro “Uno de los grandes errores es creer que las cosas no funcionan porque ‘no nos entienden’, cuando en realidad somos nosotros quienes no entendemos a nuestro cliente, socio o participante, para realmente poder comunicarnos efectivamente”, refiere.

De este modo, el programa identificó tres soluciones para lograr el impacto deseado en la población rural de las zonas elegidas:

1. Identificar un lenguaje común. La principal reflexión fue evaluar si los conceptos e ideas que el proyecto pretendía transmitir eran lo que nosotros queríamos que las personas supieran, o si eran realmente lo que las personas a quienes nos dirigíamos necesitaban conocer para tomar sus decisiones financieras.

El ahorro es una práctica común en el medio rural, por lo que la práctica del ahorro (en su concepto más amplio) no era nada nuevo, pero los códigos y prioridades eran diferentes. Era necesario encontrar el punto común que permitiera entablar una conversación con las personas, en la que ambas partes (entidad financiera y usuario) pudieran ser protagonistas, para lograr promover el ahorro formal y sostenible.

La educación se basa en la comunicación, y la educación financiera no es la excepción. La comunicación incluye el contenido del mensaje, la forma en que se entrega el mensaje, y los “agentes” que realizan esta comunicación. Había que mejorar el contenido, adaptándolo a las necesidades reales, a las vivencias y a las prioridades de estas personas, y había que cambiar la forma en la que se entregaba el mensaje.

2. Adaptarse al paisaje rural. Se identificaron limitaciones físicas, que tenían que ser tomadas en cuenta: por ejemplo, no es posible “pegar” con cinta adhesiva los papelógrafos en las paredes: son de adobe, o simplemente no se encuentran en los lugares de reunión.

No era posible extender un papel o diagrama en el suelo, porque normalmente se hace en el campo, en terrenos desiguales. Aprendimos que toda iniciativa de capacitación debía considerar los diferentes escenarios posibles, y adaptarse a esa realidad en la que no se cuenta con ningún soporte adicional más que el facilitador y las personas a las que se dirige. El resto debía ser opcional.

3. Aterrizar los conceptos. Los “esquemas” de cómo funciona el sistema financiero, y los conceptos que sustentan la necesidad del ahorro y salud financiera, eran planteamientos abstractos sobre algo que no conocían, y no estaba alineado con su experiencia basada en lo concreto.

Es así que surge una metodología y un producto de educación financiera que abraza este entendimiento de las costumbres y las experiencias rurales, y plantea una nueva propuesta, que incluía también la creación de materiales apropiados para el entorno rural.

Así se creó un “paquete” de materiales que conforman una mochila. Esta mochila y su contenido son livianos, permitiendo a los promotores desplazarse con mayor facilidad a través de largas distancias y caminos empinados sin que la carga sea un impedimento.

La tela que conforma la mochila se abre y puede ser extendida sobre cualquier superficie irregular en el campo para realizar el taller de educación financiera. Adicionalmente, el manto es igual o similar al que utilizan las mismas mujeres que participan del taller, y sobre los cuales, por ejemplo, llevan a sus hijos.

Clase de educación financiera

Los papelógrafos y los plumones fueron reemplazados por muñecas que representan a la mujer rural, pequeños modelos de casas, animales, alcancías, edificios que representan a las instituciones financieras, a la superintendencia, al fondo de seguro de depósito, y réplicas de dinero y documentos de identidad. “Esto no sólo permite una explicación más visual y concreta, sino una identificación de las participantes con dicha explicación, con sus necesidades, con sus problemas, y con su entorno”, señala la experta del BID.

En esa misma línea se modificó el contenido del curso para reflejar las vivencias de los participantes. El programa consta de cuatro módulos en los que, se explican de manera sencilla, conceptos sobre el ahorro, sus beneficios en la vida cotidiana, el funcionamiento del sistema financiero, o cómo funciona un seguro.

Por ejemplo, en el módulo de la promoción del ahorro, se plantean tres situaciones reales de las mujeres rurales sobre cómo ahorrar: en una “lata” escondida en la casa, en animales, o en una institución financiera. Y través de una historia simple, se van entendiendo los riesgos y los beneficios de las distintas alternativas, y la importancia del ahorro formal.

“Lo importante no ha sido “explicar” por qué es importante ahorrar en el sistema financiero formal y por qué deben hacerlo. Si no poder brindarles a las poblaciones en el área rural, las herramientas necesarias para comprender cómo funcionan los servicios del sistema financiero, y que puedan tomar su decisión de ahorro de una manera informada con respecto a sus experiencias y necesidades a corto y largo plazo”, concluyó Mosquera.

(Por Rudy Eric Palma)

Comparte en:

Vea también