Perú envejece a paso firme: ya casi 15 de cada 100 peruanos son adultos mayores
El cambio demográfico ya transforma hogares, empleo y sostenibilidad social: hacia 2050, 41 de cada 100 peruanos estarán en edad adulta mayor, en un país donde casi 8 de cada 10 de ellos aún trabaja en la informalidad.

4 abril, 2026 / 12:01 pm
El envejecimiento de la población peruana ya no es una proyección lejana, sino una realidad demográfica que está transformando la estructura social, económica y laboral del país. Así lo revela el más reciente informe técnico del INEI sobre la situación de la población adulta mayor al cuarto trimestre de 2025, que muestra cómo el Perú ha dejado atrás una composición predominantemente joven para avanzar hacia una sociedad con una presencia cada vez mayor de personas de 60 años a más.
El cambio es profundo. En la década de 1950, de cada 100 personas en el país, 42 eran menores de 15 años. En 2026, esa cifra se ha reducido a 24. En paralelo, la proporción de adultos mayores pasó de apenas 5,7% en 1950 a 14,6% en 2026, más del doble en poco más de siete décadas. Para el INEI, este proceso refleja una transformación estructural de la pirámide poblacional y plantea nuevos desafíos en sostenibilidad económica, salud, empleo, pensiones y cuidado familiar.
La población adulta mayor gana peso y acelera el cambio demográfico
El informe señala que el envejecimiento poblacional es consecuencia de los grandes cambios demográficos ocurridos en las últimas décadas, principalmente la reducción de la fecundidad y el aumento de la esperanza de vida. Este fenómeno modifica la distribución por edad y sexo de la población y reconfigura la base social sobre la que operan las políticas públicas.
En 1950, el país tenía una estructura poblacional marcada por una base amplia de niños y jóvenes. Hoy, esa base se estrecha y el segmento de adultos mayores se expande de forma sostenida. El INEI advierte que esta tendencia continuará en los próximos años y que para 2050 la pirámide poblacional mostrará una configuración aún más envejecida, con una proporción creciente de personas en edades avanzadas.
En términos prácticos, esto implica que el Perú se encamina hacia una etapa en la que habrá menos población en edad productiva relativa y más personas que requerirán sistemas de protección social, ingresos previsionales, atención en salud y servicios de cuidado de largo plazo.
La dependencia de los adultos mayores aumenta y presiona a la población en edad de trabajar
Uno de los indicadores más relevantes del reporte es el índice de dependencia de la población adulta mayor, que mide la proporción de personas de 60 años a más respecto de la población de 15 a 59 años. Este dato es clave porque permite dimensionar cuánta presión recae sobre la población potencialmente activa para sostener a la población de mayor edad.
A escala nacional, este índice pasó de 10,7% en 1950 a 23,6% en 2026. Es decir, la carga demográfica vinculada al envejecimiento más que se duplicó. Pero el dato más contundente está en la proyección a futuro: para 2050, el índice alcanzaría 41,5%, lo que significa que habrá una presión mucho mayor sobre la población en edad laboral.
Visto desde otra perspectiva, en 1950 había nueve personas de entre 15 y 59 años por cada adulto mayor. En 2026, ese número se redujo a cuatro. Y hacia 2050, el país tendría apenas dos personas en edad productiva por cada adulto mayor. Esta tendencia refleja una reducción progresiva del “bono demográfico” y anticipa un escenario más exigente para el mercado laboral, la seguridad social y la sostenibilidad fiscal.
Casi 43% de los hogares peruanos ya tiene al menos un adulto mayor
El envejecimiento también se hace visible en la composición de los hogares. Durante el cuarto trimestre de 2025, el 42,8% de los hogares del país contaba con al menos una persona adulta mayor. En otras palabras, más de cuatro de cada diez hogares peruanos conviven ya con esta realidad demográfica.
La incidencia es más alta en el área rural, donde el 46,1% de los hogares tenía al menos un integrante de 60 años o más. En Lima Metropolitana, la proporción fue de 44,4%, mientras que en el resto urbano alcanzó el 40,3%.
Estos datos muestran que el envejecimiento no se concentra solo en las grandes ciudades, sino que tiene una presencia incluso más marcada en zonas rurales, donde además suelen existir mayores limitaciones en acceso a salud, infraestructura, servicios de cuidado y protección económica. Esto obliga a pensar en políticas diferenciadas según territorio, ya que la vulnerabilidad del adulto mayor rural puede ser más intensa que en entornos urbanos.
Más de una cuarta parte de los hogares son conducidos por adultos mayores
El informe también revela el peso creciente de los adultos mayores como jefes de hogar. A nivel nacional, el 28,4% de los hogares tenía como jefe a una persona de 60 años a más. Esto significa que casi tres de cada diez hogares en el Perú están liderados por un adulto mayor, lo que confirma su rol central no solo como dependientes potenciales, sino también como sostén económico, organizador familiar y figura principal en la toma de decisiones del hogar.
Al desagregar por sexo, se observa que el 29,4% de los hogares eran conducidos por mujeres adultas mayores, mientras que el 27,7% correspondía a hombres adultos mayores.
La diferencia es más marcada en el área rural. Allí, el 38,7% de los hogares estaban encabezados por mujeres adultas mayores, frente al 30,6% conducidos por hombres adultos mayores. En el área urbana, la brecha es más estrecha, con 27,9% de hogares liderados por mujeres adultas mayores y 26,9% por hombres.
Este patrón sugiere que las mujeres adultas mayores, especialmente en zonas rurales, cumplen un papel muy relevante en la estructura familiar y económica. También abre preguntas sobre su nivel de protección, acceso a ingresos, cobertura previsional y exposición a condiciones de vulnerabilidad, sobre todo considerando que muchas de ellas han tenido trayectorias laborales más informales o interrumpidas.
Más de la mitad de los adultos mayores sigue en el mercado laboral
Lejos de una imagen pasiva o exclusivamente dependiente, el informe del INEI muestra que una parte importante de la población adulta mayor sigue vinculada al trabajo. Según la Encuesta Permanente de Empleo Nacional (EPEN), en el cuarto trimestre de 2025, el 52,6% de las personas adultas mayores participó activamente en el mercado laboral, ya sea porque estaba ocupada o porque buscaba empleo.
Es decir, más de la mitad de los peruanos de 60 años a más continúa en actividad económica. Sin embargo, la participación no es homogénea. Entre los hombres adultos mayores, la tasa fue de 62,4%, mientras que entre las mujeres alcanzó 43,2%, una brecha de 19,2 puntos porcentuales.
Esta diferencia refleja desigualdades estructurales que se arrastran desde etapas previas de la vida laboral: menor inserción formal femenina, mayores cargas de cuidado no remunerado y trayectorias laborales más fragmentadas. Pero también evidencia que una gran parte de los adultos mayores sigue trabajando no necesariamente por elección, sino por necesidad de generar ingresos en ausencia de una pensión suficiente o de redes de apoyo.
El adulto mayor ocupado trabaja sobre todo en pequeños negocios y unidades de baja escala
La estructura del empleo adulto mayor confirma, además, un fuerte sesgo hacia ocupaciones de pequeña escala. De cada 100 trabajadores adultos mayores ocupados en el país, 83,5% laboraba en establecimientos de 1 a 10 trabajadores. Solo el 13,1% trabajaba en empresas de 51 y más trabajadores, mientras que apenas el 3,5% lo hacía en empresas de 11 a 50 trabajadores.
En el área urbana se observa un patrón similar: 79,3% de los adultos mayores ocupados trabajaba en unidades de 1 a 10 trabajadores, 16,5% en empresas grandes y 4,2% en medianas.
Por sexo, las mujeres adultas mayores presentan una concentración aún mayor en unidades pequeñas. El 85,7% de ellas trabajaba en establecimientos de 1 a 10 trabajadores, frente al 81,8% de los hombres. En empresas de 11 a 50 trabajadores, laboraba el 4,6% de los hombres y solo el 2,0% de las mujeres. En empresas de 51 y más trabajadores, trabajaba el 13,6% de los hombres y el 12,3% de las mujeres.
Este patrón refuerza la idea de que el empleo en la adultez mayor está fuertemente asociado a actividades de baja escala, autoempleo, emprendimientos familiares, comercio minorista o labores independientes, segmentos que suelen tener menor estabilidad, menor productividad y menor protección social.
Solo 36% de los adultos mayores ocupados está afiliado a un sistema de pensiones
Uno de los hallazgos más sensibles del informe está en la baja cobertura previsional entre quienes siguen trabajando. Durante el trimestre analizado, apenas el 36,0% de los adultos mayores ocupados a nivel nacional estaba afiliado a algún sistema previsional.
Dentro de ese grupo, el 17,7% estaba registrado en una AFP, el 16,6% en la ONP y apenas el 0,7% en el régimen de Cédula Viva.
En consecuencia, cerca de dos tercios de los adultos mayores ocupados trabajan sin afiliación previsional activa, lo que revela una fuerte debilidad estructural en el sistema de protección social. Este dato es especialmente crítico porque se trata de personas que ya superaron la edad de jubilación, pero que continúan trabajando en muchos casos sin un respaldo pensionario suficiente.
La cifra también sugiere que el envejecimiento del país está ocurriendo en un contexto de baja formalización histórica, lo que puede traducirse en una vejez más precaria para amplios segmentos de la población si no se amplían los mecanismos de inclusión previsional y ahorro para el retiro.
La informalidad golpea con fuerza a los adultos mayores, especialmente a las mujeres
El dato más duro del mercado laboral para este grupo es la elevada informalidad. Según la EPEN 2025, el 78,3% de las personas de 60 años a más ocupadas en el país tenía empleo informal. Es decir, casi ocho de cada diez adultos mayores que trabajan lo hacen sin estar sujetos plenamente a la legislación laboral, sin cobertura de protección social adecuada y sin prestaciones asociadas al empleo formal.
La informalidad afecta más a las mujeres adultas mayores. Del total de mujeres ocupadas de este grupo, el 81,3% tenía empleo informal y solo el 18,7% empleo formal. En el caso de los hombres, la tasa de informalidad fue de 76,2%, mientras que el 23,8% contaba con empleo formal.
Además, frente a 2024, la informalidad femenina incluso subió ligeramente, al pasar de 80,8% a 81,3%. En los hombres, en cambio, bajó marginalmente de 76,5% a 76,2%.
Este panorama revela que el trabajo en la adultez mayor en el Perú está profundamente marcado por la precariedad. La mayoría sigue activa, pero lo hace en condiciones frágiles, con baja protección y alta exposición a vulnerabilidades económicas, lo que complica la idea de una vejez segura y digna.
En conjunto, el informe del INEI deja un mensaje contundente: el Perú está envejeciendo rápidamente y este proceso ya está impactando la estructura de los hogares, el mercado laboral y la sostenibilidad del sistema de protección social.
La mayor presencia de adultos mayores en los hogares, su creciente rol como jefes de familia, su alta participación laboral pese a la edad y la persistencia de altos niveles de informalidad y baja cobertura previsional dibujan un escenario complejo. No se trata solo de una transición demográfica, sino de una transformación que exigirá rediseñar políticas públicas en salud, pensiones, empleo, cuidados y desarrollo territorial.
El reto de fondo no será únicamente vivir más años, sino garantizar que esos años adicionales se vivan con ingresos adecuados, acceso a servicios, autonomía y protección. En esa tarea, el envejecimiento deja de ser un dato estadístico y se convierte en uno de los grandes desafíos estructurales del país para las próximas décadas.
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