A Contracorriente

por Eyner Romero

Analista Social y Cultural. Comunicador de la Universidad de Lima, experto en Desarrollo Social, con 20 años de experiencia profesional en empresas y organizaciones, de desarrollo, nacionales e internacionales. Consultor en Comunicación y Desarrollo, con posgrados en Gestión de Programas Sociales, Gestión Pública, Proyectos de Inversión Pública, y Derechos Humanos.

Ha sido docente de 3 Universidades, Director y Conductor de los programas de TV “Paradigmas” y “Política y Sociedad”, y Editor de diversas publicaciones. Es Conferencista, Coach Psicoterapeuta, y Promotor del Desarrollo Humano y Social. Es practicante de Reiki, y ha sido Instructor de Yoga.

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Jugar con honor

11:52 10 Julio, 2015

Por: Eyner Romero

Al término de la Copa América, quiero extraer algunas lecciones de ella. Claro que no hablaré del fútbol, por supuesto; soy bastante bisoño en la materia. Sin embargo, me gustaría hablar del Honor.

En el marco de una atmósfera mafiosa, alimentada por los escándalos de corrupción del ente rector del fútbol mundial, se ha visto de todo en esta competencia: Hombres de negro de actuación turbia y sospechosa, dirigentes deportivos acusándolos en un muy conveniente lavado de manos, opacas estrellas mundiales de extraña actuación, y hasta un mensaje en redes sociales de un supuesto ex empleado del ente organizador anticipando -con exactitud pasmosa- los resultados del partido final.

¿Desde cuándo la codicia ha reemplazado al honor en estas justas? ¿Hace cuánto tiempo que la entrega y la decencia se rematan para el beneficio de un grupete de mafiosos? ¿Hace cuánto que el honor y que la gloria se encuentran bajo el trato mercantil? Eso no es honor, tampoco es gloria. Allá ellos, los ilusos, con un “honor” y con una “gloria” hecha a su medida. En medio de todo, sin embargo, una esperanza anhelada mucho tiempo: una oncena sorprendente, una selección digna y luchadora, con un fútbol de los mejores. Es la nuestra, la blanquirroja, que jugando con honor ha merecido toda la gloria. Decente, valerosa, entregada, guerrera, como recobrando las mejores raíces de una nación heroica y legendaria, ha mostrado los mejores atributos de un pueblo lleno de historia y dignidad. Un pueblo que hoy, más urgentemente que nunca, necesita de estos ejemplos de honor, capacidad y juego limpio.

Nuestra selección nacional debiera ser el reflejo de un país real: Un país ganador del fair play, del juego limpio; valeroso y que lucha con honor hasta el final, entregado al logro de un objetivo común, abandonando el egoísmo y la mezquindad para bien del trabajo colectivo, poniendo los conocimientos y las capacidades individuales al servicio de los objetivos mayores, siendo uno de los mejores países de América en base al esfuerzo digno, a la capacidad y a la decencia; un país que ha recuperado el sentido del honor y de la gloria, el sentido de la trascendencia.

Ya que perdido el honor, sobra escandalizarse por ex presidentes y gobernadores regionales con pasta de ladrones, congresistas con enanismo moral e intelectual, mafiosos candidatos a alcaldes buscando jugosos botines en cada elección, empresarios que hacen de la corruptela su estilo de vida y de negocios, uniformados guardianes de la ley a la cabeza de bandas criminales, jueces y fiscales ciegos no por imparcialidad sino por la ley de la codicia, programas de televisión de disminuidos mentales que hacen de la basura moral su estandarte de sintonía; y pobladores de un país ancestral -otrora glorioso y digno- convertidos en aves de rapiña cuando, en vez de ayudar, asaltan a los caídos de un accidente de tránsito. Perdido el honor, ya nada podrá hacerse para salvar a esta nación.

Qué bueno sería que en nuestras escuelas y universidades se enseñe a jugar con honor en todo, educando a los ciudadanos para ser grandes profesionales y aún mejores personas. Todos nuestros ingenieros despreciarían la coima para conseguir obras, nuestros abogados se manejarían con lealtad y transparencia, nuestros contadores cuidarían los recursos de la empresa y también los del Estado, nuestros administradores trabajarían por crear riqueza sin sacrificar personas, nuestros profesores enseñarían con el ejemplo de sus vidas, y nuestros médicos cuidarían de la salud sin mirar en los bolsillos de sus pacientes. Nuestros hombres y mujeres de honor serían la generalidad, y no más ya la excepción a la regla.

El honor y la gloria se merecen, se ganan. No se encuentran en venta, nunca lo estarán. La Historia, en algún momento, reconoce los hechos de honor y de gloria, desnudando las farsas construidas por la conveniencia humana. La Verdad trasciende, prevalece, más allá de las pequeñeces mundanas. Y ello no es la excepción, sino la regla.

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Artículo publicado para la columna: A Contracorriente

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