Sin Rodeos

por Oscar González Romero

Jefe de Redes Sociales de Gan@Más desde julio de 2014 y columnista desde marzo de 2015, tanto para el portal de noticias como para la revista para emprendedores. Actualmente curso estudios en la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ex miembro de THĒMIS (Asociación Civil de la Facultad de Derecho de la PUCP), de Oprosac (Oficina de Promoción Social y Actividades Culturales de la facultad de Estudios Generales Letras) y del Centro Federado de la Facultad de Derecho, órgano de representación estudiantil.

Me encuentran en Twitter como @OscarGonzRom.

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¿Hablamos mal los peruanos?

18:00 22 Abril, 2016 /

Por: Oscar González Romero

Abril es el mes del Idioma. Toda mi época escolar, las dos últimas horas de clases del día 23 (o viernes anterior si es que caía fin de semana) había actuación en el coliseo. Ya era una tradición. Todas las promociones de secundaria se preparaban. Habían algunas, como la mía, que representábamos escenas del “Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”. Otras, mandaban a un alumno a recitar versos de Góngora y Argote. Otras, preparaban musicales y, aunque nunca entendí como se relacionaba con el Día del Idioma, era la actuación que más aplausos se llevaba. De todo el público, siempre eran los más pequeños los que parecían disfrutarlo más. Desde primero de primaria interiorizábamos que abril era el mes del Idioma.

Hace ya más de dos años que terminé el colegio y ahora, lo único que celebro los 23 de abril es el cumpleaños de mi papá. Pero justo este año, le tocará pasar su día en el Seminario Internacional de Microfinanzas en Arequipa. Aunque estamos viajando para acompañarlo, estos días que ha estado fuera me han permitido volver a pensar en el Día del Idioma.

El verano pasado llevé el último curso que me faltaba para egresar de la facultad de Estudios Generales Letras de la PUCP y entrar a la de Derecho. El curso era Lenguaje y Sociedad y lo que hicimos fue analizar la dimensión social e histórica de la lengua y la diversidad lingüística y cultural que tenemos en el Perú. Una de las preguntas que salió y fue respondida a lo largo del curso fue sobre qué tan bien hablamos los peruanos. ¿Quiénes hablan bien? ¿Quiénes hablan mal? ¿Cuáles son los elementos que convierten el habla en buena o mala, correcta o incorrecta? ¿Los dejos, las jergas realmente empobrecen nuestra lengua?

Muchos de los que consideran que hay quienes hablan bien y quienes no, han interiorizado la idea de un estado puro de la lengua. Y es ya bien sabido que esa posición es insostenible porque toda lengua cambia siempre. A esos cambios los llamamos variaciones lingüísticas. La lengua varía a través del tiempo (variación diacrónica), según el lugar hay distintos dialectos (variación diatópica), según el grupo social (variación diastrática) y según el contexto o situación (variación diafásica).

Por ejemplo, el castellano que hablamos hoy en Lima no es el mismo que el de hace cincuenta años, y mucho menos que el de los primeros consquistadores que llegaron al Perú. Y el castellano de Lima no es el mismo que el de Arequipa o Iquitos. Y dentro de Lima, hablamos de maneras distintas según el grupo social en el que estemos, como nuestra clase socioeconómica, nuestra religión, edad, etc. E incluso dentro de nuestro grupo social variamos nuestras formas de expresarnos según la situación en la que estemos, podemos ser jóvenes y estar acostumbrados a utilizar jergas pero cuando vamos a exponer para un profesor dejamos de usarlas.

No podemos preservar nuestra lengua en un estado puro porque este nunca existió. El castellano es una evolución-variación del latín que entró en contacto con lenguas árabes que la enriquecieron en vocabulario, por ejemplo (almohada, alfombra, alcohol, alcalde). Y cuando llegó al Perú volvió a entrar en contacto esta vez con el quechua y otras lenguas, donde ambas se influenciaron (palabras como anticucho, cancha y calato tienen origen quechua).

Entonces, si es que no existe un estado puro de la lengua, las personas que consideran que hay quienes hablan bien y quienes no están considerando a una de las muchas variaciones lingüísticas de su lengua como la correcta y a las otras como incorrectas. Y ¿qué hace entonces que elijamos a una variedad lingüística sobre las otras? La respuesta se entiende desde el concepto de prestigio lingüístico.

Todo el tiempo estamos calificando algo o a alguien, es decir, estamos teniendo una actitud hacia ello. Cuando calificamos una lengua, la actitud es lingüística. El prestigio lingüístico es una actitud lingüística, es decir, una valoración voluntaria y subjetiva que hacemos de una lengua o de un dialecto y que puede ser positiva o negativa. Es el prestigio lingüístico que le otorguemos a una determinada variación lingüísitica el que hará que la prefiramos sobre otras.

Cuando la sociedad en su mayoría le otorga prestigio a una lengua, el español por ejemplo, se produce lealtad lingüística. Esto significa fidelizar a los hablantes de tal manera que sientan reforzada su identidad y continúen usando la lengua. Por otro lado, cuando el grupo social no le otorga prestigio a una lengua se produce deslealtad lingüística, que puede devenir en que el hablante deje de usar la lengua y se adhiera a una que sí tenga prestigio. Es por ello que muchos quechua hablantes, por ejemplo, cuando llegan a la capital dejan de usar su lengua (salvo en ciertos grupos) porque esta no posee mucho prestigio y quienes la utilicen pueden ser mal vistos y excluídos. Afortunadamente, ello, cada vez más, está cambiando.

Es así como, el prestigio lingüístico es importante para ayudarnos a determinar qué lengua o variedad de una misma vamos a utilizar para comunicarnos y “hablar bien”. Y, aunque se ha dicho que el prestigio lingüístico es una valoración personal que hacemos a una lengua, influye mucho las proposiciones de la RAE.

La Real Academia de la Lengua Española ha venido autoconstruyendo su imagen, hasta hace poco, como la de un ente prescriptor que nos dice cómo se debe hablar bien y cuáles son las palabras adecuadas. La RAE ha sido un garante de la “higiene verbal”, ha sido el encargado de limpiar las impurezas de nuestra lengua. Es reciente su cambio de perspectiva hacia un ente mas bien que describe nuestras realidades lingüísticas.

En conclusión, no creo que los peruanos, ni nadie en general, hablemos mal por el simple hecho de que no creo que hayan formas de hablar bien y formas de hablar mal. Solo hay variedades de hablar y todas son, en principio, correctas. Que se prefiera una sobre otra tiene que ver con el prestigio lingüístico que le otorguemos. Creo que las variedades lingüísticas enriquecen a la lengua, en tanto amplían su vocabulario y la reinventan, y esto incluye a las jergas. Creo también que las lenguas siempre mutan y por eso es que no se puede sostener que existe un estado puro de la lengua. Finalmente, si es que nos vamos a referir a sujetos que “hablen bien” estos serán no los que usen tales o cuales palabras, sino los que sepan adaptarse y hablar según la situación y contexto.

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Artículo publicado para la columna: Sin Rodeos

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